miércoles, 3 de noviembre de 2010

Nicaragua: crónica 1



San Ramón, Matagalpa, Nicaragua. 22/10/2010.


Son 17 los días que ya estamos en San Ramón e inmediaciones. Todavía es pronto para hacerse una idea acerca de la vida aquí, por lo que esta crónica se limitará a realizar descripciones de lo visto, oído, tocado, olido y degustado.

Cuando uno viaja a un lugar trae en el equipaje ideas preconcebidas de lo que puede encontrarse a la llegada. El sujeto preocupado por dónde van a dar sus huesos busca, desde su lugar de origen, información que le pueda ayudar a resolver todos los interrogantes que le asaltan. Nos dijeron que íbamos a ser unos privilegiados, que nos iban a facilitar esa tarea y así nos invitaron a participar en una serie de sesiones preparativas de la estancia. A posteriori le queda a uno la duda de que aquello sirviera para algo, sin decir en ningún momento que las intenciones no fueran buenas. Ocurre frecuentemente que, si cuando buscas encuentras mala información, si lo que te llega es la opinión de una o a lo sumo dos personas, entonces acabas desinformado. Nada o muy poco es como nosotros lo habíamos imaginado y en esto, lo hemos hablado, estamos todos de acuerdo. ¿Estamos nuevamente todos equivocados?

Para empezar sí, hay pobreza, pero en el núcleo urbano de San Ramón también hay familias acomodadas. Nadie se va a escandalizar porque nos fumemos un cigarro, o cientos, delante de ellos ¿O sí ? pregunto invocando a la gente que vino en verano. Por otro lado todo es mucho más relajado a nivel de relaciones personales. Las posibilidades de que "cojamos las maletas y nos vayamos" son del orden infinitesimal. Uno puede sugerir aquí, ¡y sorprendentemente la mayoría de veces nos salimos con la nuestra!

El dibujo del núcleo urbano de San Ramón recuerda a una parrilla, con calles rectas en direcciones norte-sur y este-oeste. Nosotros vivimos en dos casa diferentes situadas en la esquina sureste de la población, a 50 metros una de la otra. Las chicas habitan en casa de Criché, alguien mucho más sencillo y accesible de como nos lo habían descrito, en un nuevo ejercicio de desinformación. Pablo y yo vivimos en casa de doña Estebana, cuya familia se desvive por nuestra comodidad. Para las comidas nos reunimos todos en nuestro feudo, en un patio interior donde aprovechamos para poner en común aquellas anécdotas que nos suceden por separado.

A nuestra llegada pasamos 6 días en estas viviendas, antes de partir a las comunidades rurales, donde estuvimos 7 días. Bueno, no todos. Pablo y Area, quienes se desplazaron a la comunidad de San Marcos, tuvieron que regresar después del cuarto día acosados por molestias intestinales (ella) y parásitos múltiples (él). En este punto corresponde aclarar que hablaré solamente de la convivencia de Elo, Dinka y yo en la otra comunidad, La Corona.

En el momento de nuestra llegada nos recibió un señor desconocido que pronto iba a dejar de serlo, don Alfredo Rayo, el hombre de la casa. Su mujer, doña Elsa Granados nos recibió a continuación. Él nos acompañaba a todas partes al principio, dándonos a conocer el entorno, las comunidades vecinas y en esos lugares a sus gentes. Ella solía permanecer en la casa excepto para impartir sus clases de costura en la Casa de Cultura. Estando en casa se encargaba de las tareas de la cocina con la única ayuda de una señora que nunca supimos quién era.

Los días transcurrieron entre lecturas, comilonas (en otro capítulo hablaré de los manjares) y mucha mucha cama, de la de descansar eso sí. Aprendimos a manejarnos en el uso del machete, a despulpar café y conocer el resto de sus procesos, a distinguir los distintos "palos" (árboles) que los hay por cientos, comimos caña de azúcar, limones dulces, cacao, tamarindos... Nos sumergimos en varias pozas en el río, saltando desde las cascadas, las mujeres también ¿cierto Elo? Pocos contratiempos, hasta el día de la partida, que describiré más adelante.

Antes de eso merecen capítulo aparte los niños. Aún a riesgo de caer en tópicos válidos para cualquier lugar del mundo en sus rostros se puede leer la alegría pese a las múltiples adversidades. Entre nuestros niños no faltaban los que nos invitaban a participar de sus juegos, nos traían caramelos o nos planteaban cuestiones lógicas sólo desde sus privilegiados, por espontáneos, cerebros. Días después me vienen a la mente Fernando, sobrino de la casa a quien había que animar a realizar las tareas escolares, Enoch, un niño sin escolarizar de permanente sonrisa, y Chepito (o Batman) un chaval con una triste historia personal (seguramente como la de tantos otros) quien nos compró una fruta a cada uno en señal de despedida.

Asistimos por dos veces en sendas escuelas a la celebración del "Día de la Resistencia Indígena", fiesta resultado de transformar, con buen criterio, el antiguo y denigrante "Día de la Hispanidad" en un intento de reivindicación de los orígenes indígenas de la población nicaragüense. Falta trabajar la eliminación de algunos tópicos bastante alejados de la historia real pero en líneas generales resultó muy interesante verlos autoconocerse un poco.

La última noche nos montaron una fiesta para despedirnos. Al comienzo nos invitaron a entrar por una de las ventanas de la casa cayendo sobre una manta que sujetaban unos cuantos nicas, simbolizando así su hospitalidad. Luego nos presentaron algunos productos típicos y nos pidieron que destacásemos aquellas cosas que nos hubiesen llamado la atención de su país hasta la fecha. Pasamos a continuación a la actuación de dos gemelas con vestidos típicos que bailaron canciones de la tierra y nos implicaron en sus coreografías. Para terminar intercambiamos juegos típicos de aquí, allá y de Dinamarca, y no es un chiste, puesto que 3 asistentes daneses hubieron.

Y llegó la despedida. Desconocíamos a qué hora iban a venir a buscarnos, así que nos encontrábamos dando un paseo por los alrededores de la Casa de Cultura cuando Pablo y Area nos aparecieron doblando la esquina. Hacía 9 días que no nos veíamos y teniamos muchas cosas que contarnos, pero lo primero fue mostrarles el entorno por donde nos habíamos estado moviendo a este par. Volvimos a la finca, donde nos cargamos de cacao, y visitamos de nuevo las cascadas. A las 12 aproximadamente nos despedimos, con lágrimas del patriarca incluidas, y nos dirigimos a la carretera en busca de transporte.

Nos habían asegurado que sería cuestión de un momento conseguir "raid", lo que venimos llamando en España "ir a dedo" pero que resulta una práctica mucho más común aquí. El caso es que después de hora y media de esperar tuvimos que considerar la posibilidad de ir caminando. Y allá que nos embarcamos en una aventura.

Los primeros 30 minutos fuimos recorriendo el camino a pie, mirando hacia atrás cada vez que escuchábamos un vehículo y hacia el cielo a cada minuto porque progresivamente se iba encapotando. Unos kilómetros más allá conseguimos parar a un camión dispuesto a llevarnos. ¡Bien! Exclamamos, un poco precipitadamente. Para empezar el camión iba cargado hasta los topes de maduro, un fruto parecido al plátano pero de color verde, así que tuvimos que acomodarnos sobre ellos. Nuevamente lo de "acomodarse" es un eufemismo, porque íbamos de todo menos cómodos. Para colmo a los 3 minutos comenzó a llover tímidamente para, a los 5 minutos, hacerlo de forma torrencial. Allá nos encontrábamos, haciendo equilibrios sobre frutas, con las chicas gritando y el conductor disfrutando de nuestro pánico. En cuanto hizo un alto para dejar a una mujer nos bajamos con ella como si aquel fuera nuestro destino final, en medio de un páramo y con cinco kilómetros más por recorrer bajo la intensa lluvia. Al bajar descubrimos que el conductor iba borracho como una cuba.

Seguimos a golpe de calcetín hasta el cruce de la carretera Matagalpa – La Dalia confiando que allí un alma caritativa, esta vez sin alcohol en el cuerpo, se apiadase de unos pobres blanquitos bajo el aguacero. Los primeros vehículos demostraron poca compasión y no fue hasta diez minutos más tarde que nos recogió el autobús que recorría ese trayecto. Entrar en ese transporte abarrotado fue un nuevo acto heroico. Entramos con calzador y luego cada cambio de marchas del conductor suponía un golpe en mi cadera y en la de Area. Nosotros al fin y al cabo tuvimos suerte, Dinka veía la luna delantera desde distancia infinitesimal.

Sería por esas incomodidades sumadas que fue ella, precisamente Dinka, la que paró un camión con un gesto expeditivo nada más bajar del bus, pues aún teníamos que completar un último tramo del trayecto. Tras el derrape del camión subimos a la caja, esta vez vacía, pero descubierta. Menos mal, ahora no llovía. A los 200 metros ya sí.

Finalmente, tras cuatro horas y media para menos de veinte kilómetros, pusimos pie a tierra y sentí por primera vez en Nicaragua que llegábamos a nuestra casa, la casa de doña Estebana.

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